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lesión en el piano

La respuesta emocional ante una lesión

Cuando un músico experimenta una lesión asociada a su instrumento los efectos a los que se enfrenta no son solo físicos sino también psicológicos y emocionales.

Dependiendo del grado de la lesión puede tratarse de un problema pasajero, o algo mucho más serio que, de no tratarse puede llegar a evolucionar hasta un punto de daño permanente.

Lo cierto es que en un grado u otro, una lesión obliga al músico a enfrentarse a una situación más o menos traumática y a afrontar una serie de pérdidas entre las que podría definir todo lo siguiente:

  • Pérdidas relacionadas con la destreza y habilidad físicas, coordinación y control del movimiento. Si la lesión es severa puede darse la pérdida de la libertad para valerse por sí mismo.
  • Con la pérdida de control físico en el instrumento se pierde así mismo la capacidad de expresarse a través de la música (lo cual es esencial para un músico).
  • Baja productividad, creatividad e interés. Se pierde la pasión por la música que es reemplazada por estados negativos.
  • También se dan pérdidas emocionales relacionadas con la propia valía o autoestima por la falta de confianza en las propias capacidades.
  • Se pierde el sentido de identidad como músico.
  • Además, se suma en muchos casos el hecho de tener que convivir con el dolor.
  • También se convive con sentimientos de culpa y vergüenza y la sensación de no ser comprendido por el entorno. Si el músico se ve obligado a dejar de trabajar el aislamiento social puede acrecentarse.
  • Y todo esto se agrava con la ansiedad que se experimenta acerca del futuro y las consecuencias de la lesión en la vida de cada uno.

El camino hacia la aceptación

Aceptar la situación puede suponer un proceso largo para muchos. Pero sin cierto grado de aceptación es difícil avanzar hacia la recuperación.

El proceso de recuperación puede pasar por dejar de tocar durante un tiempo para facilitar la sanación de los tejidos, seguir una medicación y rehabilitación o hacer una reeducación en el instrumento. En raras ocasiones la cirugía resulta efectiva.

La aceptación de la pérdida es similar a la de cualquier duelo y se pasa por las 5 fases nombradas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Debe quedar claro que no son fases lineales, son respuestas emocionales que se pueden dar en minutos o prolongar su duración en el tiempo. También pueden darse varias a la vez o en un orden diferente. Pueden reaparecer una y otra vez mientras dure el proceso. Y no hay porque pasarlas todas. Cada persona lo experimenta de un modo diferente dependiendo de su personalidad y de la severidad de la lesión.

Negación

El músico ignora los síntomas y niega que tiene un problema hasta que éste se vuelve más grave. Sigue tocando pensando que ya se le pasará, le quita importancia o incluso se dice a si mismo que sin dolor no hay recompensa y que en el fondo es algo positivo. Trata de seguir con su vida como si nada sucediera. Ni siquiera es consciente de estar en negación. En esta fase no acepta ayuda ni consejo.

La negación se da más hacia el principio del proceso. La persona no presta debida atención al problema porque no está preparada para procesar la perdida. Así que gracias a la negación se produce una falsa sensación de seguridad a modo de defensa, en espera de que la persona reúna la capacidad de mirar el problema de frente.

La negación no se da cuando es por desconocimiento. No es negación en el caso de alguien que no sabe que existen este tipo de lesiones y en un principio no busca ayuda, pero que de haberlo sabido no habría actuado del mismo modo. Pero sí es negación en el caso de alguien que, conociendo este tipo de problemas, no busca el tratamiento adecuado.

Por ejemplo, si el músico sabe que su problema está causado por una mala técnica y aun así piensa que lo único que necesita para estar bien es calentar más y hacer estiramientos en lugar de una reeducación de los movimientos, esto es una forma de negación.

Se cae en la negación por miedo a perder lo que se tiene. Puede ser desde la seguridad de un trabajo hasta el sentido de identidad de aquel que como músico conoce bien su oficio y piensa que nunca le pasaría algo así.

Ira

El músico se pregunta, ¿por qué me pasa esto?, ¿por qué yo?, ¿quién tiene la culpa? Y puede proyectar su enfado hacia sí mismo, hacia su profesor, hacia sus compañeros, hacia algún defecto de su instrumento, etc. Cualquier persona o circunstancia que se perciba como obstáculo puede ser el blanco para proyectar el problema lejos de su verdadero lugar (por ejemplo, la tensión del brazo es por culpa de los vecinos por no haberme dejado tocar a gusto).

El músico siente que no merece lo que le pasa y que su enfado está justificado. Piensa en lo mucho que ha trabajado y se ha sacrificado para finalmente llegar a esto. También puede sentir rabia, envidia y resentimiento hacia aquellos que tocan y les va bien. La ira no tiene por qué ser lógica. Se puede proyectar enfado y agresividad incluso (especialmente) hacia personas que le ofrecen su ayuda o consejo solo porque hacen el problema más real de lo que es capaz de manejar. Así que en esta fase la ayuda tampoco es bienvenida.

No hay nada malo en tener estas emociones. Las respuestas emocionales no definen a la persona. Por eso no hay que tener miedo de experimentarlas siempre y cuando no se actué en base a ellas. Experimentar el enfado y la rabia forma parte del camino que lleva a la aceptación y lo peor sería reprimirlos.

Se debe evitar especialmente descargar esta negatividad sobre uno mismo. Por ejemplo, esa misma rabia y frustración puede empujar al músico a seguir estudiando sin cuidado y hacer que se lesione aún más.

Desesperación y negociación.

En esta fase el músico es más capaz de percibir la situación a la que se enfrenta, pero todavía no puede aceptar las consecuencias de dicha situación en su vida. Así que intentará cambiar sus circunstancias con todos los medios a su alcance para no tener que afrontar esas consecuencias.

El miedo aparece en juego. Se desea desesperadamente regresar al estado anterior y la persona negocia consigo misma o con otras figuras de autoridad la mejor manera de conseguirlo. Puede que acuda a distintos médicos, fisioterapeutas, masajistas, acupuntores, nutricionistas, etc. buscando algún tipo de cura milagrosa, tal vez porque recuerdan o idealizan la historia de alguien a quien si le ha funcionado una de estas terapias.

Cuando la lesión es causada por un mal uso del cuerpo al tocar, estas terapias pueden proporcionar cierto alivio de los síntomas, pero a la larga solo extienden la duración del problema (a veces por años) al no solucionarlo en su origen. Algunas personas en su búsqueda de una solución rápida se someten a procedimientos más invasivos como la cirugía que podrían ser evitados.

También, de forma paralela es posible que el músico se someta a un estricto plan de estudios sobre técnica, ejercicios, relajación, etc. con la finalidad de corregir el problema por sí mismo sin darse cuenta de que de éste modo se adentra más en él.

Depresión

El músico siente el vacío de la perdida. Todas las horas y esfuerzos dedicados durante años para dominar el instrumento parecen haberse perdido. El tiempo que antes se dedicaba al estudio ahora está desocupado. Se siente un profundo vacío. Especialmente cuando la lesión es de larga duración.

Si el músico ha seguido tocando y el nivel de las actuaciones ha bajado, o directamente ya no puede desempeñar más su actividad, esto puede afectar aún más negativamente a su autoestima y provocar una mayor caída. Se pregunta en medio de esa pérdida de identidad si aún puede ser considerado músico o si tiene talento.

En este punto algunos renuncian a recuperarse y dejan el instrumento. Puede que decidan explorar alguna otra actividad relacionada con la música (componer, dirigir, tocar otro instrumento, etc.).

El músico que no desea abandonar puede, sin embargo, sentir miedo de no recuperarse nunca o de lesionarse de nuevo en cada intento de volver a tocar. Quizá sienta que no hay esperanza o que el suyo es un caso perdido.

Influenciado por esta emoción cuando el músico piensa en la posibilidad de recuperarse, tal vez porque conoce a algún profesor especializado que le puede ayudar, se ve todo el proceso muy complicado y difícil y todo son trabas.

Aceptación

La fase de aceptación se da más y con más estabilidad hacia el final del proceso del duelo. El músico entiende su situación de manera más objetiva y está preparado para hacer lo necesario para facilitar la recuperación.

Se acepta que la mejor manera de salir adelante es el compromiso con un tratamiento, ejercicios o un proceso de reeducación. El músico se hace cargo de su situación y participa de forma activa en la recuperación.

Sin embargo quiero puntualizar que la verdadera aceptación no significa que tras entender la situación se trabaje en la recuperación ansiando reconquistar el bienestar perdido. La verdadera aceptación significa que tras entender la situación se trabaja en la recuperación pero sintiéndose bien con uno mismo pase lo que pase. En otras palabras, no se trata de poner la esperanza en el futuro sino el buen ánimo en el presente.

Pasar por cada etapa con consciencia

El tiempo no lo cura todo, eso es lo que se dice, pero no es del todo cierto. Es lo que hacemos durante ese tiempo lo que nos hace avanzar, seamos conscientes o no.

Por eso en el duelo es importante poder reconocer las emociones que se van atravesando ya que ello permite vivir cada etapa con mayor consciencia facilitando que el proceso fluya.

El duelo tiene un propósito que es el de sanar. Atravesar estas etapas es psicológicamente y emocionalmente sanador. Muchos problemas en la vida vienen creados por duelos no resueltos. Por eso si nos atrevemos a andar este camino con consciencia y sin miedo a sentir nuestras emociones negativas, el proceso sigue siendo duro, pero nos brinda la oportunidad de recuperar el equilibrio y crecer.

Reencuadar la experiencia

Experimentar una lesión asociada al instrumento es muy parecido a estar perdido en un laberinto en el que por más que buscas la salida solo consigues adentrarte más.

Ahora bien, aunque uno se sienta perdido es importante recordar(se) que nada está perdido. Ningún final está escrito. Éxito y fracaso son etiquetas mentales que damos a los acontecimientos y que dependen de nuestras interpretaciones personales. “Los hechos no son buenos o malos en sí mismos, sino que hay que esperar a ver como estos afectan a nuestro devenir”, dice una antigua fabula titulada “Cuento del caballo perdido del anciano sabio” que recomiendo escuchar o leer para reflexionar sobre esto.

Entonces en lugar de abatirse o dejarse llevar por lamentaciones cabe preguntarse a uno mismo con honestidad qué factores le han conducido a esta situación, qué se puede aprender de la experiencia, y qué medidas se pueden tomar para salir de la situación.

De este modo la propia experiencia te ayuda a encontrar las herramientas (tanto internas como externas) que necesitas para superarla.

En mi caso yo sufrí una lesión durante nueve años con la que perdí prácticamente la capacidad de tocar quedando a un examen de acabar la carrera. En su momento lo pase mal y me sentí muy perdida, pero tras una larga búsqueda encontré todas las respuestas que necesitaba y tras pasar por una reeducación estudiando el Enfoque Taubman a día de hoy estoy totalmente recuperada. El piano vuelve a ser el centro de mi vida y lo disfruto y valoro más que nunca. (Puedes leer más sobre mi experiencia aquí.)

En el camino he ganado algunos grados en paciencia, perseverancia y compromiso. Y lo más importante, también he ganado un conocimiento y comprensión del piano que antes no tenía y que la enseñanza tradicional no aporta. Y es gracias a esta experiencia que puedo afirmar que tocar bien el piano no es solo una cuestión de talento sino también de conocimiento y sin duda está al alcance de todos.

(Todo mi ánimo y reconocimiento para los músicos que al momento de leer esto estén atravesando circunstancias difíciles debido a una lesión.)

Bibliografia:

Kübler-Ross, E. (2014). “On Grief and Grieving: Finding the Meaning of Grief Through the Five Stages of Loss”. Simon & Schuster Ltd; (August 14, 2014).

Mark, T. (2004). “What Every Pianist Needs To Know About The Body”. (A manual for players of keyboard instruments: piano, organ, digital keyboard, harpsichord, clavichord). Chicago, GIA Publications.

Pascarelli, E., Quilter D. (1994). “Repetitive Strain Injury: A Compter User’s Guide”. Wiley (February 15, 1994).

 

vida tras una lesión en el piano

Diario de una lesión en el piano (continuación)

Parte II

(La parte I del artículo “Diario de una lesión en el piano” puedes encontrarla aquí).

No acabé la carrera pero tampoco quise rendirme.

Creía firmemente que una lesión en el piano como la mía era algo reversible, que podía volver a tocar de nuevo. Incluso habiendo agotado todos mis recursos, una vida de búsqueda me parecía más tolerable que renunciar. Aunque, dada mi situación, ante mí se abría un gran abismo de incertidumbre.

Seguí trabajando en mi recuperación, pero al menos esta vez sin presiones por exámenes, ni repertorios de gran exigencia. Podía ir a mi ritmo y eso era un punto a mi favor. Así que seguí leyendo todo lo que caía en mis manos sobre el piano; sobre el cuerpo, viendo videos de grandes concertistas; consultando a otros pianistas y dejándome guiar por sus consejos. Me convertí en mi propio conejillo de indias, experimentando cada hallazgo por mí misma. Estaba abierta a todo, y obviamente de todo encontré. Pero el tiempo pasaba y al margen de algunos altibajos no había una mejora significativa.

Cierto día, por pura casualidad, encontré en internet un documental sobre una profesora americana que había desarrollado un enfoque sobre la técnica basado en los principios biomecánicos del movimiento. ¡Y fue todo un descubrimiento! No solo llevaba a quien la estudiaba a adquirir una técnica brillante y libre de esfuerzo , sino que además se aplicaba con éxito en la rehabilitación de pianistas con lesiones y problemas derivados de la práctica del piano. La profesora era Dorothy Taubman, una mujer con acento de Brooklyn de carismática y exuberante personalidad.

El documental se llamaba “Choreography of the Hands: The Work of Dorothy Taubman” (Taubman Institute 1986), (“La coreografía de las manos: La labor de Dorothy Taubman”). Está disponible en este enlace con subtítulos en español.

A lo largo del video se mostraban testimonios de pianistas que habían sufrido una lesión de este tipo, y emocionada, me reconocí en cada una de las historias. Lo asombroso para mí era que todos ellos habían logrado recuperarse. Conforme lo veía iba oscilando entre la curiosidad y la incredulidad. Pero no podía negar que muchas de las ideas de esta profesora llamaron poderosamente mi atención. Por ejemplo, hacía afirmaciones como las siguientes:

  • Cuando un estudiante no logra desarrollar la destreza necesaria para tocar el piano, se asume erróneamente que es por falta de talento, en lugar de por falta de conocimiento.
  • Es trabajo del profesor encontrar los medios para que el alumno obtenga los resultados deseados.
  • El piano es accesible para cualquiera que logre entender los principios del movimiento coordinado.
  • Tocar el piano correctamente es una actividad físicamente placentera y debería sentirse como algo eufórico.

La Sra. Taubman había desarrollado su enfoque tras años de observación y estudio, logrando sintetizar de manera simple y clara los principios del movimiento coordinado que subyacen a la técnica de piano.

Quería saber más. Durante los meses siguientes busqué más información, pero pronto entendí que, por mucho que leyese, todo esto era demasiado complejo como para ponerlo en práctica por mí misma. Para hacerme una idea clara necesitaba un profesor. Así que entré en contacto con a una profesora cualificada que viaja a España con regularidad y tan pronto como fue posible recibí mis primeras clases.

La experiencia no me decepcionó. Este primer encuentro me abrió a una perspectiva totalmente nueva sobre la técnica de piano. La profesora me explico algunos de los principios del movimiento coordinado que se deben respetar: me enseñó como mantener la mano en su posición natural en todo momento, sin curvar los dedos y sin abrirlos de manera forzada; también que los dedos, la mano y el brazo funcionan juntos como una unidad; y que lo más eficiente es mantenerse siempre dentro del rango medio de movimiento de las articulaciones. Todo expuesto con una gran lógica.

Eso me hizo entender hasta qué punto había estado forzando mi cuerpo a funcionar de un modo para el que no está diseñado. Lo irónico de todo esto es que durante años había practicado incontables ejercicios que contradecían todos estos principios, ya que la mayor parte de los métodos tradicionales para desarrollar la técnica son así (Hanon, Czerny, Pischna, etc.).

No es de extrañar que este enfoque provoque cierta polémica: si los principios de la Sra. Taubman son correctos gran parte de los fundamentos de la técnica de piano tradicional están equivocados (Golandsky, 2012).

Pero mi situación estaba más allá de polémicas. Volver a tocar, o no volver a tocar, ¡esa era la cuestión! Esta  profesora era la única persona que me había dado una evaluación precisa de lo que hacía con mi cuerpo al tocar. Y ciertamente a mí me fascinaba su capacidad de diagnóstico ya que a veces las correcciones eran tan minúsculas que a un ojo no entrenado se le escaparían, y sin embargo desde dentro estas diferencias se sentían con una gran claridad. Pero lo que ganó definitivamente mi confianza fueron los buenos resultados que poco a poco iba experimentando al trabajar de este modo.

El gran inconveniente era que vivíamos en países diferentes y solamente podía recibir clases dos o tres veces al año. Pasaba demasiado tiempo sin la supervisión necesaria y el avance era lento. Si quería estudiar este enfoque en serio no me quedaba más opción que continuar las clases por videoconferencia, y no veía muy claro que esto fuera a funcionar. Por esta razón no llegaba a comprometerme.  Quizá estaba esperando a tener la certeza de que esta vez sí podría recuperarme. Pero no había certezas, todo dependía de mí. Fue un momento delicado ya que mis dudas y temores se acentuaron como nunca. Hasta que, sin pruebas ni garantías, sabiendo que si había alguna posibilidad de recuperarme nacería de mi propio compromiso, finalmente me decidí a estudiar el Enfoque Taubman en serio.

No es tarea fácil aprender piano a distancia, y más tratándose de movimientos complejos que requieren gran precisión. Pero debo decir que fue posible gracias, en gran medida, a la maestría y experiencia de la profesora, capaz de guiarme de este modo de manera impecable.

Con el tiempo fui descubriendo muchas cosas: comencé a comprender los principios anatómicos y biomecánicos del cuerpo y gracias a esto todos mis problemas se iluminaron uno tras otro y pude ver las causas, muchas veces encubiertas, que los provocaban. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.

Cada vez que lograba incorporar un nuevo elemento de este enfoque a mi técnica se producía un salto cualitativo sorprendente.

Al fin se me brindaban las respuestas que tanto había ansiado a lo largo de mi carrera. Ahora sé que esas inseguridades que manifestaba durante muchos años eran legítimas y que existían los medios para abordarlas y solucionarlas. Fue penoso darme cuenta de que muchos de mis problemas habían sido originados por desacertados consejos de algunos de mis profesores que yo había seguido al pie de la letra y sin cuestionar. Esto lo digo sin ningún amago de reproche (aunque sí cierta tristeza). No hay culpables cuando la responsabilidad se diluye en una cadena de buenas intenciones.

El dolor de mi brazo también se fue mitigando y al mismo tiempo los periodos de mayor malestar se fueron espaciando cada vez más. Además, conforme mis movimientos recobraban su naturalidad perdida el tocar se volvió un acto mucho más placentero. En ocasiones me evocaba las sensaciones que tenia de niña al tocar. En cierto modo este nuevo aprendizaje que estaba experimentando era también un camino de vuelta. Conforme me iba desprendiendo de todas esas capas de tensión y descoordinación aprendidas podía reconocerme cada vez más en mi forma de tocar. Era un reencuentro conmigo misma a través del piano; tal vez esta había sido la otra cara de mi búsqueda.

Nueve años transcurrieron desde que experimente mis primeros síntomas de dolor. Fueron nueve años de búsqueda y de incertidumbre, de anhelo y sufrimiento, hasta que al fin pude decir que había puesto punto y final a esta aventura. Solo dos años después de haber decidido estudiar en serio el Enfoque Taubman pude volver a tocar repertorio de gran exigencia sin dolor ni molestias y conseguí superar mi examen de final de carrera.

La reeducación no es un proceso fácil, suceden muchos altibajos, pero los momentos buenos terminan por imponerse a los malos, y a día de hoy disfruto del piano como nunca.

No solo puedo tocar sin dolor ni restricciones, sino que mi técnica es mucho más sólida que antes: las escalas, octavas y trinos ya no me suponen una limitación, estudiando menos obtengo mejores resultados, y como curiosidad, ni siquiera necesito calentar antes de tocar. Además disfruto muchísimo más de la enseñanza ya que mis alumnos también se benefician de todo lo que he aprendido. Viendo lo que me ha aportado el Enfoque Taubman y sabiendo que mucha gente podría beneficiarse de su estudio, me resulta incomprensible que aun a día de hoy sea tan poco conocido en Europa.

Mi intención al contar mi historia es la de validar la experiencia de aquellos que estén pasando por una situación parecida. Tres de cada cuatro músicos es una cifra muy alta y esconde mucho sufrimiento detrás. Claro que, hay muchos tipos de lesión dependiendo del grado de severidad, y que para algunos solo supone un contratiempo que se soluciona con un poco de descanso, pero para otros puede suponer el final anticipado de una carrera a la que se han entregado con gran vocación.

Pero quiero decir que la reeducación es una solución y es perfectamente posible. A veces solo es necesario cambiar algo que está funcionando mal para que todo vuelva a la normalidad, otras veces el lío es tan grande que lo mejor es reaprender ciertos aspectos de la técnica desde lo básico. Pero no es un proceso tedioso, sino interesante y esclarecedor. Y todo esfuerzo invertido es recompensado con creces.

Así que lo afirmo con mi mayor convicción: con la ayuda de un profesor cualificado, práctica deliberada y resolución interior la reeducación es posible.

Referencias:

Golandsky, E. (2012). Why do some people find the Taubman Approach controversial?. From: https://ednagolandsky.com/2012/07/01/why-do-some-people-find-the-taubman approach-controversial/ (accessed 05/04/2016).

Taubman Institute (1986). Choreography of the hands: The work of Dorothy Taubman.
Amherst, MA: Sawmill River Productions. From: https://youtu.be/suwdLaYBaAs (accessed 01/04/2016).

lesion en el piano

Diario de una lesión en el piano

Parte I

¡Cómo es posible que una lesión en el piano pueda cambiarte tanto la vida!

Tres de cada cuatro músicos desarrolla una lesión a lo largo de su vida* (López, 2014). Yo soy una de esas tres “afortunadas”, esta es mi historia:

A lo largo de mi carrera de piano, con frecuencia he experimentado limitaciones técnicas que no era capaz de superar a pesar de lo mucho que estudiase. Por ejemplo, no conseguía rapidez y uniformidad en las escalas, sentía cierta fatiga en los pasajes de octavas y también falta de fluidez en los trinos y trémolos. No eran molestias ni muy grandes ni muy evidentes pero me hacían sentir insegura de mi forma de tocar.

Al comentarlo con mis profesores no solían comprenderme o le quitaban importancia. Lo curioso es que a pesar de esas incomodidades conseguía buenos resultados, ¿de qué me quejaba entonces? Francamente yo misma llegué a dudar de mis propias percepciones y terminé por creerme lo que todos me decían: que no tenía ningún problema técnico y que tocaba bien. Pero para creerlo tuve que dejar a un lado mi intuición sin saber que algún día pagaría un alto precio por ello. De este modo seguí adelante con mis estudios.

Pero la inseguridad seguía estando ahí y vino a manifestarse en mi actitud a la hora de tocar en público: comencé a sufrir miedo escénico, que por otra parte se convirtió en el perfecto chivo expiatorio: por fin podía echar la culpa de lo que me pasaba a algo concreto. Y es que los problemas técnicos que sustentaban esta inseguridad parecían de naturaleza intangible. Yo sentía una falta de conexión con el instrumento, como si tocar no fuera algo natural para mí. Sentía que dejaba muchas cosas al azar, que no era lo bastante consistente en cuanto a los resultados, pero era incapaz de concretar el por qué.

Las tensiones compensatorias falsean la sensación de control en el instrumento, pero tarde o temprano presentan sus propias barreras infranqueables.

Con el tiempo achaqué estas limitaciones a una característica personal debida tal vez a mi constitución física o peor aún, a una inconfesable falta de talento. Aunque como digo, traté de ignorarlo y seguí adelante como pude. Pero conforme el repertorio se hacía más exigente mi forma de tocar se volvió más tensa y rígida. Esto sucedió de manera muy gradual e imperceptible ya que en cierto modo las tensiones compensatorias que había adquirido falseaban la sensación de control en el instrumento, pero estas tensiones tarde o temprano presentan sus propias barreras infranqueables.

Y así es como llegue a los estudios superiores, donde comenzaron mis problemas serios. Cuando aparecieron los primeros síntomas yo estaba atravesando una época de estrés que tal vez influyó como desencadenante. Por lo demás, recuerdo que era un día de estudio como otro cualquiera cuando comencé a notar en mi mano derecha una alarmante incapacidad para tocar de manera fluida, como si careciera de estabilidad en el brazo y no supiera como mantenerlo en su posición. En ese momento tuve la fulminante certeza de que algo iba muy mal. Y aun fue peor cuando en los días siguientes también empecé sentir dolor en el hombro y el cuello y entumecimiento en el codo.

¡Sorpresa y confusión! No entendía lo que me estaba pasando. Teniendo tanto que estudiar no podía permitirme estar así. ¿De dónde venía esto? ¿Cuándo tardaría en recuperarme? Descansé unos días y luego retomé el estudio con cuidado, llevando a cabo un mayor autoanálisis; estudiando más atenta, más despacio, relajándome entre cada nota. Voluntad no me faltaba pero pronto descubrí que era inútil: todos mis intentos desembocaban en las mismas sensaciones desagradables una y otra vez, y luego en más tensión y más frustración. Y ante mi asombro la relajación no ayudaba, cuanto más relajada estudiaba más tensa y descontrolada se volvía mi forma de tocar. Me sentía perdida. Y para colmo en clase me iba cada día peor.

Consulté a varios médicos y especialistas que no me dieron un diagnóstico claro y mucho menos una solución, aunque uno de ellos me sugirió que lo mejor sería olvidarme del piano y buscar otra ocupación.

Con gran obstinación seguí adelante. Busqué nuevos recursos: empecé a leer muchos libros sobre el piano y la técnica, me coloqué unos espejos para estudiar, tomaba notas guiada por mis propias sensaciones y reflexiones, preguntaba a todo el mundo… mi búsqueda era constante. Por supuesto, al mismo tiempo consulté a varios médicos y especialistas, pero ninguno me dio un diagnóstico claro y mucho menos una solución. Aunque uno de ellos me sugirió que lo mejor sería olvidarme del piano y buscar otra ocupación.

Probé distintas técnicas de relajación, meses de fisioterapia y masajes, varias sesiones de osteopatía; tomé antiinflamatorios y relajantes musculares; llevé durante un tiempo un dispositivo en el codo que debía reducir la inflamación: nada de esto funcionó. También estudié por un par de años la Técnica Alexander, que me resulto tremendamente beneficiosa, pero no logró llegar al fondo del problema.

Las lesiones son un tema tabú para los músicos (Stenger, 2015), no se suelen admitir abiertamente si no hay una evidencia, ya que enseguida se asocia la lesión a una mala técnica, y la mala técnica a una falta de talento.

Mientras tanto sufrí una gran incomprensión por parte de mi entorno. Profesores y compañeros que me decían que era algo psicológico, que le restaban importancia o que directamente no podían creerlo. Y aunque la intención podía ser buena, no me sentía reconfortada sino invalidada cada vez que hablaba de ello. Las lesiones son un tema tabú para los músicos, existe cierta vergüenza ligada a este tipo de problemas: no se suelen admitir abiertamente si no hay una evidencia, ya que en seguida se asocia la lesión a una mala técnica, y la mala técnica a una falta de talento.

Pero yo sentía que no era una falta de talento sino una especie de lio en el que me había metido, si es que esto significaba algo. Por eso seguí luchando por entender, por recuperarme… o por que ocurriese un milagro; ya que de hecho nada funcionaba y yo cada vez estaba peor y parecía dar palos de ciego.

Con el tiempo, el dolor pasó a ser crónico y ya no mejoraba ni con largos periodos de descanso sin tocar. Además, interfería en mis actividades diarias, como escribir, cocinar o el cuidado personal. A veces sentía hormigueos y espasmos, pero por lo general era un dolor sordo que se extendía desde la oreja hasta el costado del cuerpo y que en algunas ocasiones se volvía intolerable. Llegó un momento en que tan solo sostener las manos sobre el teclado me suponía un esfuerzo insoportable. Incluso la partitura más sencilla se volvió un reto imposible para mí.

Finalmente, abandoné mis estudios superiores a un solo examen de acabar la carrera.

Continuará…

(Puedes encontrar la parte II aquí).

Referencias:

* “La prevalencia de dolor y/o trastornos musculoesqueléticos es de 62.5%-89.5%”

López M., A. (2014). “Análisis de la presencia de dolor y/o trastornos musculoesqueléticos en músicos instrumentistas profesionales”. Universidad Pública de Navarra

Stenger J. (2015). “Lesiones musculoesqueléticas asociadas a la interpretación musical: su comprensión y clínica. Una exploración situada en la psicología”. Universidad de la República