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Los grandes pianistas también se lesionan

Hace un par de semanas el famoso pianista Lang Lang publicó un comunicado en sus redes sociales en el que explicaba las razones por las que había decidido cancelar todas sus actuaciones por un periodo de un mes y medio. Este fue el comunicado:

“Lang Lang lamenta anunciar que se ve obligado a cancelar sus actuaciones hasta finales de junio debido a una inflamación en su brazo izquierdo. Bajo la recomendación de su médico, Lang Lang se tomará este tiempo para descansar y permitir que su brazo sane para poder recuperarse completamente.”

Y hoy mismo ha publicado un video en su cuenta de Facebook en el que explica que está iniciando un tratamiento de recuperación en Europa con un gran médico, y que se siente muy optimista y deseoso de empezar.

Me sorprendió mucho ver que Lang Lang había decidido hacer pública la razón de estas cancelaciones. Para mi es todo un gesto de humanidad, fortaleza y carácter.

Espero y deseo que tenga una recuperación completa en este periodo de descanso y que tras esto pueda continuar con su ritmo habitual de conciertos y actuaciones.

Un alto riesgo para los músicos

Desgraciadamente las lesiones son muy frecuentes entre músicos. Las estadísticas hablan: el 60%-80% de los músicos desarrolla algún tipo de lesión relacionada con su instrumento en el transcurso de su vida. Además conviene tener en cuenta que estas estadísticas no suelen llevar un seguimiento de los músicos que han abandonado su carrera o profesión justamente debido a una lesión.

El riesgo es alto, y las lesiones afectan a músicos de todo tipo: tanto a profesionales como a amateurs, a pianistas consagrados como a estudiantes. La causa común: tocar un instrumento.

Las lesiones son un tema tabú y a los músicos en general no les gusta hablar de ello. En el caso de músicos concertistas puede haber muchas presiones en juego. ¿Quién se atrevería a contratar a un músico si existe el riesgo de que pueda cancelar su actuación? Hablar de lesiones puede crear cierto estigma.

En palabras del pianista Gary Graffman:

“Los problemas de las manos de los instrumentistas, lo mismo que las enfermedades sociales, son innombrables. Es comprensible: para un intérprete que sigue actuando o espera regresar pronto a los escenarios, sería de locos anunciar sus discapacidades. Nadie quiere un pianista dañado cuando hay una oferta abundante de pianistas saludables. Admitir las dificultades es como saltar, sangrando, en aguas llenas de pirañas”.

En medio de un panorama como éste, la decisión de Lang Lang de hacer público su estado me parece admirable. Aun más, sabiendo que tantos jóvenes pianistas de todo el mundo tienen los ojos puestos en él.

Su mensaje contribuye a crear conciencia sobre los problemas musculo-esqueléticos y cómo estos pueden afectar a cualquier músico.

La falta de sensibilización ante las lesiones

En general, aún a día de hoy existe una gran falta de comprensión y sensibilización sobre el problema de las lesiones en músicos.

No se entienden bien las causas que las provocan (aún se habla mucho más de sobreuso que de mal uso). Tampoco se saben reconocer las señales tempranas que pueden desencadenarlas.

Existe poca formación y preparación en base a los principios anatómicos y biomecánicos que acompañan a una técnica saludable. El saber cómo tocar trabajando a favor del cuerpo, y no en su contra.

Debido a este desconocimiento se mantienen formas de práctica y rutinas de estudio poco recomendables. Tampoco se cuestionan los aspectos más contradictorios de la enseñanza tradicional.

Además, con frecuencia se suele poner la atención en el lado artístico excluyendo el aspecto físico de tocar, cuando en realidad ambos aspectos deberían estar interconectados.

Mucha gente desconoce que cuando hablamos de lesiones no se trata solamente de dolores y molestias. Estos trastornos, si se dejan sin tratar, pueden poner fin a la carrera profesional de un músico e incluso hacerle perder parcial o completamente el uso de la extremidad implicada. Y eso sin contar con el daño emocional y psicológico que todo esto conlleva.

A pesar de todo, ha habido una importante toma de conciencia en las últimas décadas de la que podemos estar agradecidos. A día de hoy una lesión es un problema reconocido que tiene solución si se trata a tiempo. Pero no siempre ha sido así.

El avance logrado en el reconocimiento de las lesiones

En los años 60 y 70 muy poca gente había oído hablar de las lesiones de los músicos. El hecho de que un músico pudiera lesionarse tocando su instrumento era una idea muy controvertida.

Eran malos tiempos para sobrellevar una lesión. No había ninguna información disponible sobre el tema, ni médicos que comprendieran la naturaleza del problema. Los músicos que las padecían lo mantenían en secreto.

Hasta que dos pianistas cambiaron la forma de ver las cosas haciendo pública la situación que sufrían:

Leon Fleisher
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Leon Fleisher

En 1964 el pianista Leon Fleisher que por entonces tenía 36 años perdió misteriosamente el uso de los dedos 4 y 5 de la mano derecha en un periodo de diez meses. Los médicos a los que acudió no daban con ninguna solución. Esta situación le obligó a abandonar su carrera de concertista.

En un principio, aunque no lo ocultó, tampoco habló mucho de ello públicamente. Cansado de escuchar que el problema estaba en su cabeza y no en sus manos y sin esperanza de volver a tocar, cayó en una profunda depresión.

La pérdida de la capacidad de tocar es un trauma de gran magnitud para la vida de cualquier músico. Fleisher lo expresaba así:

“Cuando los dioses quieren cogerte, saben dónde golpear: el lugar que te dolerá más que ningún otro.”

Gary Graffman

En 1979, otro celebrado pianista, Gary Graffman, que por entonces tenía 51 años, también tuvo que abandonar su carrera de concertista. El motivo fue la pérdida progresiva de su habilidad de tocar con la mano derecha.

Según él mismo cuenta, 12 años antes tuvo un incidente que pudo ser el desencadenante. Se encontraba ensayando el concierto No. 1 de Tchaikovsky con la Filarmónica de Berlín. El instrumento en el que tocaba era tan pobre en sonido que él, enfadado, lo aporreó haciéndose un esguince en el 4° dedo. Tras el concierto se tomó unas semanas para recuperarse, pero pasado este tiempo aun le dolía.  Así que cambió las digitaciones de todas las octavas para tocarlas con los dedos 1-3, metiendo los dedos 4 y 5 en el interior de la mano. Esto le daba una fuerza extra a sus octavas, y cómo funcionaba tan bien, siguió haciéndolo de manera sistemática.

Recuerda que hasta que su problema apareció no había tenido ni el más mínimo pensamiento sobre cómo tocaba el piano. Y que solo después, analizando sus movimientos, se dio cuenta de que había estado haciendo algo raro con su mano, y durante mucho tiempo.

Al contrario que Fleisher que no habló mucho de ello, Graffman lo gritó a los cuatro vientos.

En 1981 salía un artículo en el periódico The New York Times titulado “When a Pianist’s Fingers Fail To Obey” (Cuando los dedos de un pianista dejan de obedecer). Se trataba de una entrevista en la que se describía la lesión de Graffman en detalle, con algunos datos sobre Fleisher y hablando también de los problemas sufridos por Robert  Schumann. Este fue el primer artículo escrito en una publicación general que abordaba el tema en profundidad.

Y lo que sucedió es que el mundo entero reaccionó. Toda la comunidad de músicos comenzó a hablar de ello. Y aquellos que estaban atravesando problemas similares pero manteniéndolos en secreto comenzaron a descubrir que, de hecho, estos trastornos estaban bastante extendidos.

En los años siguientes se les dio el nombre con el que se conocen hoy en día: trastornos musculo-esqueléticos o trastornos por movimientos repetitivos. Y también fueron reconocidos como enfermedades profesionales. En 1982 surgió en América la especialidad médica “Medicina de la Música”, totalmente diferenciada de la “Medicina del Deporte” o de otras formas de rehabilitación y terapia física.

A partir de ese momento ya era ampliamente aceptado el hecho de que forzar al cuerpo repetidamente a un tipo de movimientos descoordinados puede provocar una disfunción de consecuencias severas si no se pone cuidado.

En 1986 salía el primer número de la revista americana “Medical Problems of Performing Artists” abriendo con el artículo de Gary Graffman “Doctor, can you lend an ear?” (Doctor,  ¿puede prestarme atención?). En este artículo Graffman se lamenta de que en la búsqueda de una solución visitó a unos dieciocho doctores y recibió unos dieciocho diagnósticos diferentes. También expresaba su esperanza por un futuro con una mirada más abierta hacia estos trastornos.

Hoy en día existen médicos especializados que pueden tratar una lesión de forma muy eficiente para que sane lo antes posible. También existen profesores especializados que pueden reeducar los movimientos específicos requeridos para tocar el piano y que conforman una técnica saludable.

La lista de pianistas famosos que han sufrido una lesión es larga: además de Gary Graffman y Leon Fleisher están también Wanda Landowska, Artur Schnabel, Ignace Paderewski, Alexander Scriabin, Ignaz Friedman, Sergei Rachmaninoff, Clara y Robert Schumann, Glenn Gould, Michel Beroff y Richard Goode.

El mensaje de Lang Lang ha sido la excusa perfecta para hablar de todo esto.

Gracias Lang Lang, por contribuir tan abiertamente en el camino de crear conciencia y normalizar las lesiones de los músicos.

¡Mucha suerte en tu recuperación y en tu carrera!

Referencias:

Dunning, J. (1981). “When a Pianist’s Fingers Fail To Obey”. The New York Times. From: http://www.nytimes.com/1981/06/14/arts/when-a-pianist-s-fingers-fail-to-obey.html?pagewanted=all

Graffman, G. (1986). “Doctor, can you lend an ear?”. Medical Problems of Performing. Artists, 1, 3-6. From: https://www.sciandmed.com/mppa/journalviewer.aspx?issue=1153&article=1520&action=1

Mark, T. (2004). “What Every Pianist Needs To Know About The Body”. (A manual for players of keyboard instruments: piano, organ, digital keyboard, harpsichord, clavichord). Chicago, GIA Publications.

Midgette, A., Fleisher, L. (2010). “In Leon Fleisher’s book, ‘My Nine Lives,’ a pianist faces a crippling nightmare”. The Washington Post. From:  http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2010/11/24/AR2010112404224.html

Milanovic, T. (2011). “Healthy virtuosity with the Taubman Approach”. 10th Australasian Piano Pedagogy Conference Proceedings. From: http://www.appca.com.au/pdf/papers2011/Milanovic%202011%20APPC,%20Healthy%20Virtuosity%20with%20the%20Taubman%20Approach.pdf

Pascarelli, E., Quilter D. (1994). “Repetitive Strain Injury: A Compter User’s Guide”. Wiley (February 15, 1994).

PBS NewsHour. (2011). “Piano Virtuoso Fleisher on Overcoming Disability That Nearly Silenced Career”. PBS NewsHour’s Channel. From: https://www.youtube.com/watch?v=FZLvhZvO2v4

Taylor, David A. (1999). “Paderewski’s Piano”. Smithsonian Magazine. From: http://www.smithsonianmag.com/arts-culture/paderewskis-piano-164445847/

lesión en el piano

La respuesta emocional ante una lesión

Cuando un músico experimenta una lesión asociada a su instrumento los efectos a los que se enfrenta no son solo físicos sino también psicológicos y emocionales.

Dependiendo del grado de la lesión puede tratarse de un problema pasajero, o algo mucho más serio que, de no tratarse puede llegar a evolucionar hasta un punto de daño permanente.

Lo cierto es que en un grado u otro, una lesión obliga al músico a enfrentarse a una situación más o menos traumática y a afrontar una serie de pérdidas entre las que podría definir todo lo siguiente:

  • Pérdidas relacionadas con la destreza y habilidad físicas, coordinación y control del movimiento. Si la lesión es severa puede darse la pérdida de la libertad para valerse por sí mismo.
  • Con la pérdida de control físico en el instrumento se pierde así mismo la capacidad de expresarse a través de la música (lo cual es esencial para un músico).
  • Baja productividad, creatividad e interés. Se pierde la pasión por la música que es reemplazada por estados negativos.
  • También se dan pérdidas emocionales relacionadas con la propia valía o autoestima por la falta de confianza en las propias capacidades.
  • Se pierde el sentido de identidad como músico.
  • Además, se suma en muchos casos el hecho de tener que convivir con el dolor.
  • También se convive con sentimientos de culpa y vergüenza y la sensación de no ser comprendido por el entorno. Si el músico se ve obligado a dejar de trabajar el aislamiento social puede acrecentarse.
  • Y todo esto se agrava con la ansiedad que se experimenta acerca del futuro y las consecuencias de la lesión en la vida de cada uno.

El camino hacia la aceptación

Aceptar la situación puede suponer un proceso largo para muchos. Pero sin cierto grado de aceptación es difícil avanzar hacia la recuperación.

El proceso de recuperación puede pasar por dejar de tocar durante un tiempo para facilitar la sanación de los tejidos, seguir una medicación y rehabilitación o hacer una reeducación en el instrumento. En raras ocasiones la cirugía resulta efectiva.

La aceptación de la pérdida es similar a la de cualquier duelo y se pasa por las 5 fases nombradas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Debe quedar claro que no son fases lineales, son respuestas emocionales que se pueden dar en minutos o prolongar su duración en el tiempo. También pueden darse varias a la vez o en un orden diferente. Pueden reaparecer una y otra vez mientras dure el proceso. Y no hay porque pasarlas todas. Cada persona lo experimenta de un modo diferente dependiendo de su personalidad y de la severidad de la lesión.

Negación

El músico ignora los síntomas y niega que tiene un problema hasta que éste se vuelve más grave. Sigue tocando pensando que ya se le pasará, le quita importancia o incluso se dice a si mismo que sin dolor no hay recompensa y que en el fondo es algo positivo. Trata de seguir con su vida como si nada sucediera. Ni siquiera es consciente de estar en negación. En esta fase no acepta ayuda ni consejo.

La negación se da más hacia el principio del proceso. La persona no presta debida atención al problema porque no está preparada para procesar la perdida. Así que gracias a la negación se produce una falsa sensación de seguridad a modo de defensa, en espera de que la persona reúna la capacidad de mirar el problema de frente.

La negación no se da cuando es por desconocimiento. No es negación en el caso de alguien que no sabe que existen este tipo de lesiones y en un principio no busca ayuda, pero que de haberlo sabido no habría actuado del mismo modo. Pero sí es negación en el caso de alguien que, conociendo este tipo de problemas, no busca el tratamiento adecuado.

Por ejemplo, si el músico sabe que su problema está causado por una mala técnica y aun así piensa que lo único que necesita para estar bien es calentar más y hacer estiramientos en lugar de una reeducación de los movimientos, esto es una forma de negación.

Se cae en la negación por miedo a perder lo que se tiene. Puede ser desde la seguridad de un trabajo hasta el sentido de identidad de aquel que como músico conoce bien su oficio y piensa que nunca le pasaría algo así.

Ira

El músico se pregunta, ¿por qué me pasa esto?, ¿por qué yo?, ¿quién tiene la culpa? Y puede proyectar su enfado hacia sí mismo, hacia su profesor, hacia sus compañeros, hacia algún defecto de su instrumento, etc. Cualquier persona o circunstancia que se perciba como obstáculo puede ser el blanco para proyectar el problema lejos de su verdadero lugar (por ejemplo, la tensión del brazo es por culpa de los vecinos por no haberme dejado tocar a gusto).

El músico siente que no merece lo que le pasa y que su enfado está justificado. Piensa en lo mucho que ha trabajado y se ha sacrificado para finalmente llegar a esto. También puede sentir rabia, envidia y resentimiento hacia aquellos que tocan y les va bien. La ira no tiene por qué ser lógica. Se puede proyectar enfado y agresividad incluso (especialmente) hacia personas que le ofrecen su ayuda o consejo solo porque hacen el problema más real de lo que es capaz de manejar. Así que en esta fase la ayuda tampoco es bienvenida.

No hay nada malo en tener estas emociones. Las respuestas emocionales no definen a la persona. Por eso no hay que tener miedo de experimentarlas siempre y cuando no se actué en base a ellas. Experimentar el enfado y la rabia forma parte del camino que lleva a la aceptación y lo peor sería reprimirlos.

Se debe evitar especialmente descargar esta negatividad sobre uno mismo. Por ejemplo, esa misma rabia y frustración puede empujar al músico a seguir estudiando sin cuidado y hacer que se lesione aún más.

Desesperación y negociación.

En esta fase el músico es más capaz de percibir la situación a la que se enfrenta, pero todavía no puede aceptar las consecuencias de dicha situación en su vida. Así que intentará cambiar sus circunstancias con todos los medios a su alcance para no tener que afrontar esas consecuencias.

El miedo aparece en juego. Se desea desesperadamente regresar al estado anterior y la persona negocia consigo misma o con otras figuras de autoridad la mejor manera de conseguirlo. Puede que acuda a distintos médicos, fisioterapeutas, masajistas, acupuntores, nutricionistas, etc. buscando algún tipo de cura milagrosa, tal vez porque recuerdan o idealizan la historia de alguien a quien si le ha funcionado una de estas terapias.

Cuando la lesión es causada por un mal uso del cuerpo al tocar, estas terapias pueden proporcionar cierto alivio de los síntomas, pero a la larga solo extienden la duración del problema (a veces por años) al no solucionarlo en su origen. Algunas personas en su búsqueda de una solución rápida se someten a procedimientos más invasivos como la cirugía que podrían ser evitados.

También, de forma paralela es posible que el músico se someta a un estricto plan de estudios sobre técnica, ejercicios, relajación, etc. con la finalidad de corregir el problema por sí mismo sin darse cuenta de que de éste modo se adentra más en él.

Depresión

El músico siente el vacío de la perdida. Todas las horas y esfuerzos dedicados durante años para dominar el instrumento parecen haberse perdido. El tiempo que antes se dedicaba al estudio ahora está desocupado. Se siente un profundo vacío. Especialmente cuando la lesión es de larga duración.

Si el músico ha seguido tocando y el nivel de las actuaciones ha bajado, o directamente ya no puede desempeñar más su actividad, esto puede afectar aún más negativamente a su autoestima y provocar una mayor caída. Se pregunta en medio de esa pérdida de identidad si aún puede ser considerado músico o si tiene talento.

En este punto algunos renuncian a recuperarse y dejan el instrumento. Puede que decidan explorar alguna otra actividad relacionada con la música (componer, dirigir, tocar otro instrumento, etc.).

El músico que no desea abandonar puede, sin embargo, sentir miedo de no recuperarse nunca o de lesionarse de nuevo en cada intento de volver a tocar. Quizá sienta que no hay esperanza o que el suyo es un caso perdido.

Influenciado por esta emoción cuando el músico piensa en la posibilidad de recuperarse, tal vez porque conoce a algún profesor especializado que le puede ayudar, se ve todo el proceso muy complicado y difícil y todo son trabas.

Aceptación

La fase de aceptación se da más y con más estabilidad hacia el final del proceso del duelo. El músico entiende su situación de manera más objetiva y está preparado para hacer lo necesario para facilitar la recuperación.

Se acepta que la mejor manera de salir adelante es el compromiso con un tratamiento, ejercicios o un proceso de reeducación. El músico se hace cargo de su situación y participa de forma activa en la recuperación.

Sin embargo quiero puntualizar que la verdadera aceptación no significa que tras entender la situación se trabaje en la recuperación ansiando reconquistar el bienestar perdido. La verdadera aceptación significa que tras entender la situación se trabaja en la recuperación pero sintiéndose bien con uno mismo pase lo que pase. En otras palabras, no se trata de poner la esperanza en el futuro sino el buen ánimo en el presente.

Pasar por cada etapa con consciencia

El tiempo no lo cura todo, eso es lo que se dice, pero no es del todo cierto. Es lo que hacemos durante ese tiempo lo que nos hace avanzar, seamos conscientes o no.

Por eso en el duelo es importante poder reconocer las emociones que se van atravesando ya que ello permite vivir cada etapa con mayor consciencia facilitando que el proceso fluya.

El duelo tiene un propósito que es el de sanar. Atravesar estas etapas es psicológicamente y emocionalmente sanador. Muchos problemas en la vida vienen creados por duelos no resueltos. Por eso si nos atrevemos a andar este camino con consciencia y sin miedo a sentir nuestras emociones negativas, el proceso sigue siendo duro, pero nos brinda la oportunidad de recuperar el equilibrio y crecer.

Reencuadar la experiencia

Experimentar una lesión asociada al instrumento es muy parecido a estar perdido en un laberinto en el que por más que buscas la salida solo consigues adentrarte más.

Ahora bien, aunque uno se sienta perdido es importante recordar(se) que nada está perdido. Ningún final está escrito. Éxito y fracaso son etiquetas mentales que damos a los acontecimientos y que dependen de nuestras interpretaciones personales. “Los hechos no son buenos o malos en sí mismos, sino que hay que esperar a ver como estos afectan a nuestro devenir”, dice una antigua fabula titulada “Cuento del caballo perdido del anciano sabio” que recomiendo escuchar o leer para reflexionar sobre esto.

Entonces en lugar de abatirse o dejarse llevar por lamentaciones cabe preguntarse a uno mismo con honestidad qué factores le han conducido a esta situación, qué se puede aprender de la experiencia, y qué medidas se pueden tomar para salir de la situación.

De este modo la propia experiencia te ayuda a encontrar las herramientas (tanto internas como externas) que necesitas para superarla.

En mi caso yo sufrí una lesión durante nueve años con la que perdí prácticamente la capacidad de tocar quedando a un examen de acabar la carrera. En su momento lo pase mal y me sentí muy perdida, pero tras una larga búsqueda encontré todas las respuestas que necesitaba y tras pasar por una reeducación estudiando el Enfoque Taubman a día de hoy estoy totalmente recuperada. El piano vuelve a ser el centro de mi vida y lo disfruto y valoro más que nunca. (Puedes leer más sobre mi experiencia aquí.)

En el camino he ganado algunos grados en paciencia, perseverancia y compromiso. Y lo más importante, también he ganado un conocimiento y comprensión del piano que antes no tenía y que la enseñanza tradicional no aporta. Y es gracias a esta experiencia que puedo afirmar que tocar bien el piano no es solo una cuestión de talento sino también de conocimiento y sin duda está al alcance de todos.

(Todo mi ánimo y reconocimiento para los músicos que al momento de leer esto estén atravesando circunstancias difíciles debido a una lesión.)

Bibliografia:

Kübler-Ross, E. (2014). “On Grief and Grieving: Finding the Meaning of Grief Through the Five Stages of Loss”. Simon & Schuster Ltd; (August 14, 2014).

Mark, T. (2004). “What Every Pianist Needs To Know About The Body”. (A manual for players of keyboard instruments: piano, organ, digital keyboard, harpsichord, clavichord). Chicago, GIA Publications.

Pascarelli, E., Quilter D. (1994). “Repetitive Strain Injury: A Compter User’s Guide”. Wiley (February 15, 1994).

 

vida tras una lesión en el piano

Diario de una lesión en el piano (continuación)

Parte II

(La parte I del artículo “Diario de una lesión en el piano” puedes encontrarla aquí).

No acabé la carrera pero tampoco quise rendirme.

Creía firmemente que una lesión en el piano como la mía era algo reversible, que podía volver a tocar de nuevo. Incluso habiendo agotado todos mis recursos, una vida de búsqueda me parecía más tolerable que renunciar. Aunque, dada mi situación, ante mí se abría un gran abismo de incertidumbre.

Seguí trabajando en mi recuperación, pero al menos esta vez sin presiones por exámenes, ni repertorios de gran exigencia. Podía ir a mi ritmo y eso era un punto a mi favor. Así que seguí leyendo todo lo que caía en mis manos sobre el piano; sobre el cuerpo, viendo videos de grandes concertistas; consultando a otros pianistas y dejándome guiar por sus consejos. Me convertí en mi propio conejillo de indias, experimentando cada hallazgo por mí misma. Estaba abierta a todo, y obviamente de todo encontré. Pero el tiempo pasaba y al margen de algunos altibajos no había una mejora significativa.

Cierto día, por pura casualidad, encontré en internet un documental sobre una profesora americana que había desarrollado un enfoque sobre la técnica basado en los principios biomecánicos del movimiento. ¡Y fue todo un descubrimiento! No solo llevaba a quien la estudiaba a adquirir una técnica brillante y libre de esfuerzo , sino que además se aplicaba con éxito en la rehabilitación de pianistas con lesiones y problemas derivados de la práctica del piano. La profesora era Dorothy Taubman, una mujer con acento de Brooklyn de carismática y exuberante personalidad.

El documental se llamaba “Choreography of the Hands: The Work of Dorothy Taubman” (Taubman Institute 1986), (“La coreografía de las manos: La labor de Dorothy Taubman”). Está disponible en este enlace con subtítulos en español.

A lo largo del video se mostraban testimonios de pianistas que habían sufrido una lesión de este tipo, y emocionada, me reconocí en cada una de las historias. Lo asombroso para mí era que todos ellos habían logrado recuperarse. Conforme lo veía iba oscilando entre la curiosidad y la incredulidad. Pero no podía negar que muchas de las ideas de esta profesora llamaron poderosamente mi atención. Por ejemplo, hacía afirmaciones como las siguientes:

  • Cuando un estudiante no logra desarrollar la destreza necesaria para tocar el piano, se asume erróneamente que es por falta de talento, en lugar de por falta de conocimiento.
  • Es trabajo del profesor encontrar los medios para que el alumno obtenga los resultados deseados.
  • El piano es accesible para cualquiera que logre entender los principios del movimiento coordinado.
  • Tocar el piano correctamente es una actividad físicamente placentera y debería sentirse como algo eufórico.

La Sra. Taubman había desarrollado su enfoque tras años de observación y estudio, logrando sintetizar de manera simple y clara los principios del movimiento coordinado que subyacen a la técnica de piano.

Quería saber más. Durante los meses siguientes busqué más información, pero pronto entendí que, por mucho que leyese, todo esto era demasiado complejo como para ponerlo en práctica por mí misma. Para hacerme una idea clara necesitaba un profesor. Así que entré en contacto con a una profesora cualificada que viaja a España con regularidad y tan pronto como fue posible recibí mis primeras clases.

La experiencia no me decepcionó. Este primer encuentro me abrió a una perspectiva totalmente nueva sobre la técnica de piano. La profesora me explico algunos de los principios del movimiento coordinado que se deben respetar: me enseñó como mantener la mano en su posición natural en todo momento, sin curvar los dedos y sin abrirlos de manera forzada; también que los dedos, la mano y el brazo funcionan juntos como una unidad; y que lo más eficiente es mantenerse siempre dentro del rango medio de movimiento de las articulaciones. Todo expuesto con una gran lógica.

Eso me hizo entender hasta qué punto había estado forzando mi cuerpo a funcionar de un modo para el que no está diseñado. Lo irónico de todo esto es que durante años había practicado incontables ejercicios que contradecían todos estos principios, ya que la mayor parte de los métodos tradicionales para desarrollar la técnica son así (Hanon, Czerny, Pischna, etc.).

No es de extrañar que este enfoque provoque cierta polémica: si los principios de la Sra. Taubman son correctos gran parte de los fundamentos de la técnica de piano tradicional están equivocados (Golandsky, 2012).

Pero mi situación estaba más allá de polémicas. Volver a tocar, o no volver a tocar, ¡esa era la cuestión! Esta  profesora era la única persona que me había dado una evaluación precisa de lo que hacía con mi cuerpo al tocar. Y ciertamente a mí me fascinaba su capacidad de diagnóstico ya que a veces las correcciones eran tan minúsculas que a un ojo no entrenado se le escaparían, y sin embargo desde dentro estas diferencias se sentían con una gran claridad. Pero lo que ganó definitivamente mi confianza fueron los buenos resultados que poco a poco iba experimentando al trabajar de este modo.

El gran inconveniente era que vivíamos en países diferentes y solamente podía recibir clases dos o tres veces al año. Pasaba demasiado tiempo sin la supervisión necesaria y el avance era lento. Si quería estudiar este enfoque en serio no me quedaba más opción que continuar las clases por videoconferencia, y no veía muy claro que esto fuera a funcionar. Por esta razón no llegaba a comprometerme.  Quizá estaba esperando a tener la certeza de que esta vez sí podría recuperarme. Pero no había certezas, todo dependía de mí. Fue un momento delicado ya que mis dudas y temores se acentuaron como nunca. Hasta que, sin pruebas ni garantías, sabiendo que si había alguna posibilidad de recuperarme nacería de mi propio compromiso, finalmente me decidí a estudiar el Enfoque Taubman en serio.

No es tarea fácil aprender piano a distancia, y más tratándose de movimientos complejos que requieren gran precisión. Pero debo decir que fue posible gracias, en gran medida, a la maestría y experiencia de la profesora, capaz de guiarme de este modo de manera impecable.

Con el tiempo fui descubriendo muchas cosas: comencé a comprender los principios anatómicos y biomecánicos del cuerpo y gracias a esto todos mis problemas se iluminaron uno tras otro y pude ver las causas, muchas veces encubiertas, que los provocaban. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.

Cada vez que lograba incorporar un nuevo elemento de este enfoque a mi técnica se producía un salto cualitativo sorprendente.

Al fin se me brindaban las respuestas que tanto había ansiado a lo largo de mi carrera. Ahora sé que esas inseguridades que manifestaba durante muchos años eran legítimas y que existían los medios para abordarlas y solucionarlas. Fue penoso darme cuenta de que muchos de mis problemas habían sido originados por desacertados consejos de algunos de mis profesores que yo había seguido al pie de la letra y sin cuestionar. Esto lo digo sin ningún amago de reproche (aunque sí cierta tristeza). No hay culpables cuando la responsabilidad se diluye en una cadena de buenas intenciones.

El dolor de mi brazo también se fue mitigando y al mismo tiempo los periodos de mayor malestar se fueron espaciando cada vez más. Además, conforme mis movimientos recobraban su naturalidad perdida el tocar se volvió un acto mucho más placentero. En ocasiones me evocaba las sensaciones que tenia de niña al tocar. En cierto modo este nuevo aprendizaje que estaba experimentando era también un camino de vuelta. Conforme me iba desprendiendo de todas esas capas de tensión y descoordinación aprendidas podía reconocerme cada vez más en mi forma de tocar. Era un reencuentro conmigo misma a través del piano; tal vez esta había sido la otra cara de mi búsqueda.

Nueve años transcurrieron desde que experimente mis primeros síntomas de dolor. Fueron nueve años de búsqueda y de incertidumbre, de anhelo y sufrimiento, hasta que al fin pude decir que había puesto punto y final a esta aventura. Solo dos años después de haber decidido estudiar en serio el Enfoque Taubman pude volver a tocar repertorio de gran exigencia sin dolor ni molestias y conseguí superar mi examen de final de carrera.

La reeducación no es un proceso fácil, suceden muchos altibajos, pero los momentos buenos terminan por imponerse a los malos, y a día de hoy disfruto del piano como nunca.

No solo puedo tocar sin dolor ni restricciones, sino que mi técnica es mucho más sólida que antes: las escalas, octavas y trinos ya no me suponen una limitación, estudiando menos obtengo mejores resultados, y como curiosidad, ni siquiera necesito calentar antes de tocar. Además disfruto muchísimo más de la enseñanza ya que mis alumnos también se benefician de todo lo que he aprendido. Viendo lo que me ha aportado el Enfoque Taubman y sabiendo que mucha gente podría beneficiarse de su estudio, me resulta incomprensible que aun a día de hoy sea tan poco conocido en Europa.

Mi intención al contar mi historia es la de validar la experiencia de aquellos que estén pasando por una situación parecida. Tres de cada cuatro músicos es una cifra muy alta y esconde mucho sufrimiento detrás. Claro que, hay muchos tipos de lesión dependiendo del grado de severidad, y que para algunos solo supone un contratiempo que se soluciona con un poco de descanso, pero para otros puede suponer el final anticipado de una carrera a la que se han entregado con gran vocación.

Pero quiero decir que la reeducación es una solución y es perfectamente posible. A veces solo es necesario cambiar algo que está funcionando mal para que todo vuelva a la normalidad, otras veces el lío es tan grande que lo mejor es reaprender ciertos aspectos de la técnica desde lo básico. Pero no es un proceso tedioso, sino interesante y esclarecedor. Y todo esfuerzo invertido es recompensado con creces.

Así que lo afirmo con mi mayor convicción: con la ayuda de un profesor cualificado, práctica deliberada y resolución interior la reeducación es posible.

Referencias:

Golandsky, E. (2012). Why do some people find the Taubman Approach controversial?. From: https://ednagolandsky.com/2012/07/01/why-do-some-people-find-the-taubman approach-controversial/ (accessed 05/04/2016).

Taubman Institute (1986). Choreography of the hands: The work of Dorothy Taubman.
Amherst, MA: Sawmill River Productions. From: https://youtu.be/suwdLaYBaAs (accessed 01/04/2016).